domingo, 28 de julio de 2013

Bienvenidos al sur (o casi)


Su fama de caótica no es gratuita y es ahí donde reside en buena parte su atracción. Nápoles la reina del sur de Italia, es una ciudad en la que conviven, tabique con tabique, edificios en ruina apuntalados con modernas o antiguas construcciones que reflejan un pasado de capital. La Corona de Aragón, los Austrias españoles y luego los borbones gobernaron Nápoles con la mirada puesta en el Mediterráneo; antes fue romana y normanda, y mucho antes llegaron los griegos. Las populares cuentas del Gran Capitán se deben al gasto que había supuesto la derrota de la flota francesa en el asedio a la ciudad, entonces bajo dominio aragonés, en las que el noble cordobés cuantificó económicamente el arrojo de sus hombres en la batalla y se las presentó en 1506 a Fernando el Católico.

Una calle de los quarteri spagnoli.

Arriba, una vista del mar desde Possilipo. Abajo, el Castell Nuovo de Nápoles.

La Vía Toledo arranca en una maravilla arquitectónica donde un día se oyeron los compases de la mejores óperas y las voces de divas y tenores. El teatro San Carlo es el más antiguo dedicado a la ópera en activo y a su alrededor se arremolina la espectacular galería Umberto I –que recuerda a Milán y a su famosísima Scala— donde están instaladas tiendas y cafeterías. Desde su puerta principal se ve el Castell Nuovo y un poco más allá, el mar.
Los quarteri spagnoli (los barrios españoles), sin duda la zona más conocida de Nápoles, están muy cerca del teatro, siguiendo la Vía Toledo. Asomarte a una de sus calles es sumergirte en esas películas que retratan un vecindario bullicioso con ropa tendida de balcón a balcón. Tiene su encanto y en uno de sus bares hay un sitio que buscan los mitómanos y que figura en muchas guías turísticas: un altar dedicado a Maradona. El futbolista argentino llegó al Napoli en 1984 y los tifosi se rindieron a su juego, y más aún cuando el equipo ganó dos scudettos y la Copa de la UEFA. Las tiendas oficiales del club siguen vendiendo la camiseta con el dorsal 10.
La gastronomía napolitana tiene en la pizza su mejor embajadora. Lejos de la complicación de combinaciones de sabores difíciles de digerir –léase hawaiana, barbacoa o similares--, las cartas de restaurantes y trattorías son bastante simples: con tres o cuatro variedades va que chuta, y por supuesto la pizza Margarita es la reina indiscutible. Salsa de tomate, queso mozzarella de búfala y albahaca fresca son más que suficientes. Sorprende el precio, barato comparado con la calidad, lo abundante de los platos.
La zona alta de la ciudad no sigue tanto el patrón de desorden, aunque el barrio de la Sanitá no hace honor a su nombre. En otra época fue un hospital, si bien poco hace presuponer que ni antes ni ahora respondiera al concepto de higiene. Casas y palacetes se asoman al golfo de Nápoles en Posilippo o Villa Comunale y la vista es espectacular desde Capodimonte. Volviendo a la parte baja y frente al Castell Nuovo se encuentra la terminal marítima con líneas que llevan a las islas de Ischia, Capri o a destinos más lejanos, como Palermo o Cagliari.
Vista del Vesubio desde Castillmare di Stabia.

El Vesubio preside imponente el golfo y en dirección al sur se concentran una serie de pueblos con historia ligada a este volcán. Dos de ellos, Herculano y Pompeya, muestran después de casi dos mil años los devastadores efectos de sus erupciones. La avanzada ingeniería de la construcción que empleaban los romanos ha permitido que estas ciudades sigan ofreciendo una idea muy clara de la vida en ellas. Pompeya conserva sus calles, plazas, un teatro, varias villas y un lupanar, además de a varios de sus habitantes fosilizados.
Galería Umberto I, junto al teatro de San Carlo.

Más al sur todavía se llega a Castilmare di Stabia y ahí comienza la carretera a serpentear paralela al mar. El dicho italiano donna al volante, pericolo costante (mujer al volante, peligro constante), además de ser machista falta estrepitosamente a la verdad. Y es que da igual el sexo o condición de quien se coloque a los mandos de un automóvil, camión o moto, estos últimos con tendencia a adelantar por la derecha. La manera de conducir de los italianos es conocida en medio mundo y no precisamente por su apego a respetar las normas de tráfico. El exceso de velocidad, los adelantamientos en plena curva sin visibilidad y aparcar en una carretera de poco más de cuatro metros de ancho son situaciones frecuentes. Y si a esto se suma que cruzan procesiones, con su Virgen a hombros, sus beatas y su banda de música, el viaje no puede ser más completo. 
Una procesión cruza la strada sorrentina  con la consiguiente reternción del tráfico.

La Villa del Fauno, en Pompeya.
Una moto con su asiento para el niño.
En Vico Equense tienen a gala haber sido los primeros en comercializar la pizza a metro, así como suena. La bandeja es cuadrada y mide un metro de largo por un ancho de unos 25 centímetros. Los precios oscilan de 20 a 50 euros, según los ingredientes. La cocina napolitana no es solo pasta; en esta zona abundan los platos a base de pescados y hasta la fritura en cartuchos, como en Cádiz o Sevilla. La cerveza es cara, no la sirven fría y es floja; con los vinos tintos hay que llevarse cuidado con la relación calidad precio, que no convence. Lo que sí merece la pena son los aperitivos: el vermú, Campari (para quien le guste el toque amargo fuerte) y el Spritz Aperol, que sabe a naranja y se toma muy frío y con sifón. Estas bebidas las suelen acompañar de frutos secos, algún canapé o rodajas de salami.  El jamón curado (proschiuto) no tiene nada que ver --y sí mucho que envidiar-- con nuestros jamones; el de pata negra ni existe. En cambio su variedad de quesos es muy amplia y destacan los de pecorina (oveja) aunque no están tan curados. 
Esta máquina fabrica  pizzas en cinco minutos.

El recorrido por la costa Sorrentina y luego la Amalfitana es espectacular. Los pueblos colgados del monte que bajan hasta el profundo azul del Mediterráneo y salpican el paisaje. Sorrento fue y sigue siendo uno de los lugares preferidos de los italianos pudientes para veranear y de los británicos con posibilidades para vivir su jubilación. La colonia de súbditos de Isabel II es amplia y hasta disfrutan de un templo anglicano compartido con una parroquia católica. Sobre sendos acantilados se instalan tres de sus hoteles de gran lujo con magníficas vistas al mar y sus calles peatonales albergan todo tipo de comercio enfocado al turismo. Entre ellos están los que ofrecen productos locales y sobre todo, limones. El cítrico, de un amarillo impoluto, se encuentra presente en todas partes: del limón salen jabones, velas, perfumes y licores, el famoso limoncello. También la pasta abunda y las especialidades de la zona son los paccheri, gnocchi, canelloni y strascinatti.



 Esta ciudad, inmortalizada en una popular canción, cuenta con una terminal de ferris que en media hora te llevan a  Capri. La isla de los dioses, que le llamaban los romanos y donde se estableció durante años Tiberio, tiene su principal atractivo en la cova azzurra, donde el Mediterráneo intensifica su azul. El barco te deja en la Marina Grande y los microbuses te transportan a San Michele, un pueblo encaramado en lo alto de la isla que mira al Vesubio casi a su altura. Las tiendas son de marca y los precios de cualquier cosa, incluida la botella de agua, están por las nubes.  
Conca del Marini.
De vuelta a la península y saliendo de Sorrento la strada sigue su curso y abundan los balnearios. En esta costa no hay playas, no hay arena, solo guijarros, y cualquier recodo o cala se convierte, gracias al hormigón, en un balneario. Llegar hasta ellos es complicado. Los accesos suelen estar al filo de la carretera y los escalones son de vértigo. En otras ocasiones se trata de un estrecho camino de tierra y el coche se deja donde se puede, carretera incluida.  
Praiano.

La llegada a Amalfi impresiona. Se esconde tras una colina y cae en escalones hasta el mar. Una iglesia con una alta torre domina un altozano bordeado por la carretera que da al Mediterráneo. Aquí sí hay playa, con un pequeño paseo marítimo en el que se apelotonan restaurantes, cafeterías 
Atardecer en la playa de Meta, cerca de Sorrento
y heladerías. La arena es basta y los bañistas, muchos, sin llegar a ser Benidorm. Nada de top less y mucha familia en una playa bien organizada en lo que se refiere al espacio, pero con pocos o ningún servicio.  Antes hemos pasado por Positano, otra preciosidad, aunque más pequeña, y Praiano.
Amalfi.
Estamos en la provincia de Salerno. Más allá están Castiglioni, Minori, Maiori, Cetare y Vietri sul Mare, ya pegada a la capital de esta provincia. En adelante, y siempre hacia el sur, la costa es diáfana, con largas playas de arena más fina y aguas muy bravas, hasta Castellabate. El turismo es escaso y hay menos hoteles y más camping. A unos 40 kilómetros de Salerno se instalaron los griegos en el siglo VII antes de Cristo y levantaron la ciudad de Paestum en honor a Poseidón, el dios de los mares. Conserva dos templos, el de Démeter y el de Poseidón, que cambiaron que nombre cuando pasó a ser colonia romana. De su prosperidad da cuenta un museo en el que se conservan numerosas estelas funerarias, la más conocida es la del nadador, cerámica, piezas de orfebrería, armas, esculturas…
Una panorámica de Sorrento.

Esquelas a la puerta de una iglesia.
Volver al punto de partida por el mismo camino puede ser agotador. Son 90 kilómetros de curvas y tráfico que se convierten en más de dos horas y media de coche. La solución está en la autostrada que conecta Salerno y Nápoles. Son dos euros por jugarte un poco menos la vida, ya que ahora tenemos dos carriles por sentido, aunque el trazado no sea nada del otro mundo. El Vesubio nos volverá a avisar de la llegada a Nápoles. Vedere Napoli e dopo morire (Ver Nápoles y después morir) es una frase popular en esta curiosa ciudad que encanta y decepciona a partes iguales. 
Templo de Démeter en Paestum.


Para que os hagáis una idea del recorrido, este es el mapa de la zona, y en este enlace tenéis una selección de sitios para alojarse o comer. 



lunes, 16 de enero de 2012

Asia a un lado; al otro, Europa

Capital de dos imperios, el bizantino y el otomano, y uno de los asentamientos más antiguos de la humanidad, Estambul se encuentra en un lugar geopolítico estratégico. Lo de geográfico es evidente por situarse donde se dividen dos continentes –Europa y Asia—y político por su interés en integrarse en la Unión Europea, por ser el fiel aliado de Estados Unidos en esa zona, por su ocupación de Chipre y presentarse como un Estado laico con una población islámica.
El canciller Konrad Adenauer, adelantado de la unidad europea, dijo de Turquía que era “el hombre enfermo de Europa”. El imperio otomano se extendió por el este mediterráneo –Grecia incluida--, el Medio Oriente y el norte de África, controlando Egipto, desde la caída de Constantinopla (1453) hasta la Primera Guerra Mundial. Estambul no solo está llena de vestigios de esa época, sino también de la romana y la bizantina. Y es que esta impactante ciudad ha tenido varios nombres según quien la gobernara --Constantinopla, Bizancio y Estambul—una trinidad irrepetible.

La mezquita Azul, que se levanta junto a Santa Sofía, hoy convertida en museo.

Los otomanos fueron los diseñadores de las mezquitas con grandes cúpulas y minaretes de aguja, elementos mejorados de los posiblemente mejores ingenieros de la historia, los romanos. La iglesia de Santa Sofía, convertida en mezquita, es uno de los mayores ejemplos. A día de hoy es un museo y se sitúa en la zona con más monumentos de esta megápolis de 15 millones de almas. Al lado está el palacio de Topkapi, ejemplo del lujo por el lujo, con varios harenes; las cisternas de Justiniano –hay otras 60 repartidas por la ciudad y construidas por los bizantinos--; el hipódromo, con un obelisco egipcio y otro de imitación, y la mezquita Azul, que ordenó poner en pie el sultán Ahmed I.

En esta tienda se encuentra de todo para una gran boda turca-

Estamos en la zona europea de Estambul, la más antigua y más tradicional. A diez minutos caminando llegamos al Gran Bazar, con 4.000 comercios, 22 entradas y 64 laberínticas calles. Allí se encuentra de casi todo, pero la joyería, las alfombras y la piel abundan sobre el resto de productos. Está orientado al turista, pero la visita merece la pena, lo mismo que merece la pena salir por una de las puertas que da a calles repletas de comercios genuinamente turcos. Las tiendas de ropa –Turquía es una potencia en el sector textil—ofrecen prendas de calidad a buen precio siempre que ejerzamos el correspondiente regateo. Por allí circulan rusas, georgianas y azerbayanas que llegan en autobuses para comprar cantidades de ropa que se llevan en grandes bolsas. Si el bazar es una institución, también lo son los hamman, los baños turcos, muy similares a las termas romanas. El de Çemberlitas, cerca del bazar, es de los más populares y antiguos (1583). Los hay solo para hombres, por separación de sexos y mixtos, los más buscados por los occidentales, que solemos viajar en pareja. En los hoteles facilitan guías y los precios van de los 10 a los 30 euros con masaje –o palizón, según quién lo aplique-- incluido.  Son famosos los de Galatasaray, Sulemaniye y Cagaloglu.

Cartel en español en el bazar de las especias

Los buses urbanos son decentes y el tranvía es más que conveniente a la vista de los atascos de tráfico.  El puente Gálata y la torre del mismo nombre –construida por los venecianos—conectan con una zona más moderna, con el mar a ambos lados. Antes está la terminal del ferri que lleva a una decena de islas repartidas por la bahía. La excusión es barata y se echa una buena mañana conociendo sitios para el turista turco. En alguna que otra playa se ven mujeres con el bañador hasta los tobillos y el cabello cubierto junto a alguna joven –pocas-- en bikini. Frente a la terminal se sitúa otra atracción, el mercado de las especias, imprescindibles en la cocina turca, que va mucho más allá del kebab y el yogur.  Las verduras –preparan las berenjenas de 40 formas—y los pescados recuerdan que se trata de una cocina mediterránea en la que se usa el aceite de oliva.
El Gran Bazar cuenta con
4.000 comercios, 22 entradas
y 64 laberínticas calles
Barrio de lujo en la parte asiática.
De vuelta a tierra, la visita sigue por la orilla del mar, donde se suceden pequeños puertos deportivos con coquetos restaurantes en los que no hay problema para tomar una cerveza o vino, producido en el interior del país; los turcos son más liberales en ese aspecto que el resto de musulmanes. También hay un barrio judío que poblaron los sefarditas cuando fueron expulsados por Isabel y Fernando en 1492. Así se puede seguir hasta Asia, pero la zona moderna de la ciudad, la parte alta, es un espectáculo digno de ver por sus enormes plazas, como la de Taskim, y amplias avenidas.

Turismo familiar en el palacio de Topkapi. Obsérvese la vestimenta femenina.

 La calle Istiklal es peatonal y se diferencia bien poco de cualquier ciudad europea. Franquicias, bancos y cafeterías a un lado y a otro, y en mitad, una iglesia católica. En algunos pasajes encontramos restaurantes, lo mismo que en los áticos de los edificios más altos, desde los que se divisan fantásticas panorámicas del Cuerno de Oro. Se llama así esta ensenada por el reflejo del sol en la tarde y siempre hay turistas con la cámara a mano para llevarse ese recuerdo.
 
Un palacio otomano y justo detrás un rascacielos.
 Lo tradicional comparte espacio con lo moderno en Estambul.

Los palacios otomanos se alternan con urbanizaciones de lujo conforme llegamos  a la zona asiática. Un puente da la bienvenida al continente con un hito en la mitad para señalar la división. A partir de ahí se extiende Estambul otra vez hasta donde alcanza la vista.

El puente Gálata con la torre del mismo nombre al fondo de la imagen.

La apariencia de modernidad en determinadas zonas contrasta con barrios profundos y pobres, un buen caldo de cultivo para el islamismo. El fundador de la nueva Turquía, Mustafá Kemal Atatürk, diseñó un país laico, adoptó el alfabeto latino frente al árabe tradicional y modernizó costumbres, aboliendo el sultanato y el concubinato. Eso fue en 1922. A día de hoy, el Gobierno lucha por integrarse en la Unión Europea, pero debe hacer grandes esfuerzos para la convergencia.
Una turca luce un burka de marca (falsa, seguro).
  La pena de muerte y el poco respeto a los derechos humanos –que se lo digan a los kurdos—son los principales obstáculos y mientras que el presidente del Gobierno, Recep Erdogan, intentó prohibir el hihab (el pañuelo), el Tribunal Supremo echó por tierra la iniciativa. Son cientos las turcas, en una ciudad moderna como Estambul, que caminan cuatro pasos atrás del marido, o que llevan burka. Los asesinatos de honor, unos 200 al año, reciben ahora el castigo de cadena perpetua después de una reforma del Código Penal, que antes solo contemplaba una condena de dos años y medio de cárcel. Estos puntos hacen que la UE recele y que alemanes y franceses se opongan a la entrada en la comunidad hasta que no subsanen estas cuestiones. Tampoco la libertad de prensa es para tirar cohetes y las detenciones de intelectuales el año pasado añaden un plus negativo a este panorama. A la memoria viene la película El expreso de medianoche, donde el protagonista, encarcelado por tráfico de droga,  era sometido a torturas y vejaciones habitualmente. No es que haya que tratar a los delincuentes a cuerpo de rey, pero los derechos deben ser respetados. Por ahí se empieza.




martes, 3 de enero de 2012

Lindo y querido



Teatro Nacional de México.
La pirámide de la Luna preside los casi cuatro kilómetros que mide la Calzada de los Muertos en el complejo ceremonial de Teotihuacán, un presagio de que en México todo es grande. Los aztecas encontraron esta ciudad abandonada y le dieron el nombre por el que hoy es conocido. Su traducción del náhualt, el idioma nativo que aún se conserva, viene a ser donde los hombres se convierten en dioses. Fue un centro económico, político y religioso en el que llegaron a vivir 120.000 personas y su desaparición se explica por el suicidio ecológico, que también se dio entre los mayas del Yucatán cuando acabaron con los recursos que ofrecía la selva.
A unos 50 kilómetros de allí, el modelo de grandiosidad de espacios se repite. La Tecnoctitlán de los aztecas, la actual Ciudad de México o Distrito Federal, encandiló a las huestes de Hernán Cortés, que se encontraron con una población levantada sobre varias lagunas. De ese pasado lacustre sólo queda el vestigio de los jardines de Xochimilco, uno de los muchos puntos de atracción turística que tiene la capital del Estado y que se visita en barcazas que recorren media docena de canales.
El Distrito Federal impresiona por sus cifras, desde el número de habitantes --hablan de 30 millones--, hasta la longitud de algunas de sus avenidas de 30 y 40 kilómetros, como las de Reforma o Insurgentes, pasando por el índice de criminalidad, uno de los más altos del mundo y del que dan cuenta a diario las portadas de los periódicos.
Aunque las advertencias sobre la peligrosidad no están de más, moverse por el DF requiere no solo seguridad, sino también paciencia. Por la capital circulan casi cinco millones de vehículos y llegar de un sitio a otro no es cuestión muchas veces de distancia; más bien es de tiempo. A determinadas horas el tráfico se torna en atasco y al turista le queda poco más que mirar por la ventana del taxi o autobús para observar cómo transcurre la vida en esta megápolis.
La zona que rodea a la catedral, el Zócalo, repite el mismo esquema en la mayoría de ciudades mexicanas. En esa plaza está, además de la iglesia, el palacio de Gobernación con unos impresionantes murales de Diego Rivera en los que cuenta la historia de la nación, desde la fundación por los aztecas, la llegada de los españoles y la independencia.


Una calle en la colonia de Coyoacán, en donde vivieron Diego Rivera y Frida Khalo.

Barrio chabolista en DF

En México DF todo es desmesurado, desde su población --hablan de 30 millones-- hasta sus avenidas, algunas de 40 kilómetros de largo

Rivera convivió buena parte de su vida con Frida Khalo en uno de los barrios --allí les llaman colonias-- más bonitos, Coyoacán. Como si estuviera contagiado por el colorido de los dos pintores --o al contrario--, sus edificios coloniales tienen un toque especial de azules, rojos, verdes y amarillos, que contrastan con la frondosidad de sus parques y plazas en las que un día caminaron León Trosky y Carlos Fuentes, dos de sus más conocidos vecinos.
Cuando uno se acerca a la plaza Garibaldi, los mariachis lo anuncian. Vestidos de charros intentan detener a los conductores para convencerle de que se detengan a escuchar sus canciones por unos pesos o que les contraten para cualquier fiesta. Hasta allí se dirigen las parejas para que estos grupos, formados generalmente por gente mayor, les interpreten temas de amor con violines, guitarrón y trompeta.
Al norte de la ciudad se encuentra otro ejemplo de las grandes dimensiones: la basílica de Guadalupe, la patrona del país. Construida a base de hormigón, hierro y cristal, contrasta con la primitiva iglesia, que se hunde poco a poco, y que fue levantada entre los siglos XVII y XVIII. La religiosidad de los mexicanos se palpa especialmente en este templo. La docena de confesionarios lucen una cola de gente un día entre semana que ya la quisieran los curas españoles.
Para llegar hasta allí atravesamos una de las zonas más deprimidas de la ciudad, en la que los tejados de uralita o de cartón, las calles terrizas y el ladrillo sin enyesar son la nota dominante hasta donde alcanza la vista. Las diversas crisis que tuvo el país en los años 60 llevaron a muchos campesinos a instalarse en el Distrito Federal como buenamente pudieron y a día de hoy es imposible saber cuántos viven en estos barrios. Son los propios vecinos los que se surten de los servicios de agua, comprando cisternas, o de luz, enganchándose a los postes, ante la indiferencia del gobierno local.
El contrapunto está en el sur y el este, con lujosas urbanizaciones con seguridad privada, y en Chapultepec, el pulmón de la capital en el que se pueden ver la mansiones que un día habitaron María Félix o Mario Moreno Cantinflas.


Mariachi en la plaza Garibaldi preparados para cantar corridos y serenatas.

Hablar del Distrito Federal y enumerar lugares nos vuelve otra vez a la enormidad. La Zona Rosa, San Ángel, Polanco, la colonia Condesa, Campo de Marte, Insurgentes y un largo etcétera se ofrecen al turista como zonas de ocio con restaurantes, cantinas y centros comerciales repletos de franquicias europeas y norteamericanas.
El sitio ideal para conocer el México prehispánico es el Museo de Antropología e Historia, presidido por una impresionante figura de Tláloc, el dios de la lluvia. En 23 salas se exhiben más de 10.000 piezas de las culturas olmeca, chichimeca, tolteca, maya y mexica, que era como se denominaban los aztecas a sí mismos. Entre todas ellas, curiosamente, hay una pieza no original, el penacho de Moctezuma, réplica del que se encuentra en Austria. Jaguares de alabastro, ídolos de basalto y armas de obsidiana se reparten entre la famosa Piedra del Sol --el conocido calendario azteca--, el Caballero Águila o estatuas de Quetzalcoalt, la deidad de la serpiente emplumada, que al igual que sus compañeros de panteón reclamaba sacrificios humanos para aplacar sus iras.


Volcán Popocatepelt, a medio camino entre Ciudad de México y Puebla

La carretera que lleva hasta Puebla está vigilada por el volcán Popocatepelt y el Itzaccihualt, la doncella dormida, cubiertos de bruma en sus cumbres. Puebla es un excepcional ejemplo del barroco colonial, tanto por la cantidad de edificios como por su buen estado de conservación. La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad y, además de por su arquitectura, la ciudad es conocida por su gastronomía y su cerámica, heredera de Talavera de la Reina. La lenta fusión entre la cocina indígena y la hispana se llevó a cabo en buena parte en los conventos, que han dejado un impresionante legado de repostería. Las vocaciones siguen estando en México a la orden del día y las clarisas, agustinas contemplativas y carmelitas tienen cantera asegurada para seguir elaborando dulces.

La novia y el padrino esperan al novio a las puertas de una iglesia en Oaxaca.

Más al Sur, en Chiapas y Oaxaca, se dan la mano lo colonial y lo indígena. Chiapas conserva las huellas de los mayas y tiene una de sus ciudades más hermosas y visitadas en San Cristóbal de las Casas, en la que sorprende la presencia mayoritaria de indios.
En un radio de 20 kilómetros se encuentran diseminadas aldeas y pueblos. San Juan Chamula tiene una iglesia naïf en la que los fieles mezclan tradiciones mayas con católicas. Al igual que en Zenocantán, sus habitantes son reacios a las fotos porque dicen que les roban el alma, y el turista se las ve y se las desea para captar la curiosa procesión de San Lorenzo, a la que acuden las familias ataviadas a con vestimenta morada. Los hombres se dirigen a saludar al consejo municipal, mientras mujeres y niños esperan sentados en las camionetas que les ha traído de las aldeas.

Procesión en honor a San Lorenzo en el Estado de Chiapas.

Las iglesias se presentan con el suelo lleno de flores y velas, mientras que los fieles rezan arrodillados y piden favores a los santos purificándose a base de beber refrescos.
La presencia del subcomandante Marcos y su ejército zapatista se hace notar en carteles y murales a la entrada de los pueblos. "Aquí el pueblo manda y el Gobierno obedece", reza una pintada justo donde estaba apostada una patrulla de militares armados hasta los dientes.
El mercado de Oaxaca ofrece el sábado por la tarde una gran actividad. A sus puertas, unas indias venden un plato exótico: los chapulines (saltamontes) fritos y aliñados, como no podía ser de otra forma, con chile. La variedad de estos pimientos es amplísima y los puestos lucen chiles de todos los tamaños y colores.
Cerca de allí están las ruinas de Monte Albán con sus famosas figuras de los Danzantes, que son en realidad indios que se automutilaban como ofrenda a los dioses. Tanto aquí como en Palenque, Chitchén Iztá o Uxmal se jugaba a la pelota, deporte, por llamarlo de alguna manera, en el que no está claro si eran los ganadores o los perdedores los que eran sacrificados.

Vista del complejo maya de Chitchén Itzá desde lo alto de una de sus pirámides.

Subir a las pirámides es en sí otro sacrificio. En los peldaños apenas cabe el pie, las escaleras son empinadas y el calor de la selva hace el resto. Compensa la vista desde arriba, desde donde se divisa la maraña que forman las copas de los árboles, aunque la bajada se hace peligrosa; al igual que la subida, hay que hacerla en zig zag.
Si hay una ciudad con un centro cuidado, esa es Mérida, donde se empieza a sentir el Caribe. Tiene la catedral más antigua del país enclavada en una plaza a la que rodean el palacio de Gobierno, el Municipal y la Casa Montejo, en honor de su fundador. El paseo que parte de allí lleva hasta una zona de restaurantes y terrazas en las que no falta la música y la buena mesa como antesala a lo que se puede encontrar en el Yucatán.

Empinada escalinata de una pirámide en Palenque

 
A mediados de agosto, la carretera que une Cancún con Playa del Carmen presentaba árboles caídos, charcos y postes en el suelo. Había pasado un huracán Emily', dejando hoteles cerrados y la playa reducida. Los complejos hoteleros del Yucatán se resienten de los estragos del viento y la lluvia. El parque natural de Xcaret reduce en ocasiones su zona de exhibición, lo mismo que algunos delfinarios. A lo largo de la temporada se dejan sentir de dos a cuatro huracanes de distintas intensidades.
El Yucatán ofrece de todo. Hay para todos los gustos, desde quienes hacen su vida íntegramente en el hotel (los que llevan la pulsera del todo incluido), hasta los amantes de los deportes. Buceo, con o sin botellas, o paseos en paracaídas remolcado por una lancha o nadar con los delfines, son algunas de las opciones de los turistas, a quienes las agencias de viajes ofrecen este destino como final de vacaciones.

Farmacias similares, versión mexicana de las parafarmacias.

Y es que México se abre al visitante con una enorme variedad. A su atractivo de las civilizaciones prehispánicas se unen las ciudades coloniales, su gastronomía, con sus tortillas de maíz y sus tequilas, la selva y las playas, demasiadas castigadas ahora en una temporada de huracanes que ha batido todos los registros meteorológicos conocidos.


Fuerte de Veracruz, primer asentamiento de los españoles en México

Dos alemanes celebran su boda en Playa del Carmen.

Dos jaguares retozan en el parque de Xcaret, cerca de la frontera con Guatemala.

 

viernes, 16 de diciembre de 2011

Hace calor en La Habana







Cualquier español de a pie sueña con que los niños de San Ildefonso canten el número que jugamos, y que sea el Gordo. La imaginación vuela y es fácil escuchar “yo me compraría un Mercedes”, “yo me quito la hipoteca” o “reparto dinero entre mi familia”. Pues yo, viendo el frío que hace, que los días son cada vez más cortos y que conozco aquello, me iría a pasar las navidades a La Habana, y si es en el hotel Nacional, en el malecón, mejor. ¿Qué se debe sentir a 29 º que marcan hoy los termómetros en la capital de Cuba con un mojito en la mano, un cigarro en la otra y escuchando la música que invade la vida en la isla?
“Más se perdió en Cuba y volvieron cantando”, que se cuenta de los soldados que combatieron en la guerra de 1898 contra Estados Unidos. La Perla del Caribe dista mucho de ser aquella ciudad que maravillaba por sus casas señoriales, sus avenidas y su nivel de vida a finales del siglo XIX y principios del XX, aquella en la que se fijaron miles de españoles para asentarse. Hoy se cae a pedazos. Si le preguntamos al Gobierno, la culpa es del bloqueo de los yanquis, y si le preguntamos a los cubanos, la mayoría apuntará a Esteban (este bandido, que le dicen a Fidel). Desde luego un mandatario que dijo aquello de “revolución es cambiar lo que debe ser cambiado” no inspira mucha confianza, aunque tiene acérrimos defensores incluso cuando aparece en chándal en televisión. Siempre se ha dicho que hay que conocer Cuba antes de que muera el comandante y yo ya he ido dos veces.

El hotel Nacional, mirando hacia el malecón

El bloqueo ha supuesto muchas cosas para Cuba y una de ellas ha llevado a sus habitantes a agudizar su ingenio. “Si nos dieran chance, llegábamos a la luna”, me dijo una vez el licenciado Godofredo García, un taxista que paraba a la puerta de mi hotel y que entregaba unas tarjetas de visita hechas en el cartón de la caja de los zapatos que decía en negrita: “Conocedor de toda la isla”.

Un carro pasa ante El Floridita, cuna del daiquiri

Más pruebas de ese ingenio/supervivencia. Quién no se ha fijado en esos carros de los años 50 --Buick, Chevrolet, Dodge…-- que siguen circulando por las calles de La Habana. Funcionan como taxis y después de un trayecto me empeñé en que el conductor levantara el capó para ver la maquinaria. No dábamos crédito cuando vimos que el motor era de un tractor rumano adaptado al chasis, y el que entienda de mecánica me comprenderá.
El centro de la ciudad, La Habana Vieja, patrimonio de la humadidad, gira en torno al paseo del Prado, que va del Capitolio (copia de Washington) hasta el malecón, la catedral, la plaza de Armas, la calle Obispo y calle Empedrada. En ese polígono pululan las jineteras y otros paseantes que se acercan ofreciendo compañía o guiarte a cambio de que los invites. Te pedirán ropa, jabón, productos de higiene íntima, revistas, libros… e intentarán venderte tabaco y ron, y aunque no fumes ni bebas son capaces de convencerte, En esa zona encontramos dos locales míticos: el Floridita y La Bodeguita de Enmedio. Lo resumo en palabras de Hemingway: “Mi daiquiri en El Floridita, mi mojito en La Bodeguita”, que de tragos sabía un rato. Baratos no son (entre 6 y 7 euros la copa) porque las autoridades cubanas creen que los turistas son ricos. 
--Me llevo una botella de agua. ¿Qué le debo?
--Dos dólares.
--¿Y una cerveza?
--Lo mismo.
Quizás es que el comunismo sea de precio único por aquello de igualar.
Tarjeta de un paladar. No se come igual que en un restaurante,
 pero no te lo debes perder.
Merece la pena asomarse al hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, donde se alojaba don Ernesto, y comer en un paladar (pronúnciese paladal), que no es otra cosa que una casa particular donde sirven comidas. Famosa es La Guarida, donde se rodó parte de Fresa y Chocolate. La película se abre con una escena en la heladería Copelia, de espectaculares helados y también colas. La de los extranjeros es casi inexistente, pero te puedes colocar en la otra, la suya, y te da tiempo de entablar amistad con cuatro cubanos, que son magníficos conversadores, abiertos y divertidos.  Estamos en La Rampa, la calle 23, que da paso a Vedado, una zona de casas algo mejor cuidadas que los edificios del centro. Entre ellos se levanta el hotel Habana Libre y más allá, la plaza de la Revolución, escenario de interminables discursos de Castro; también cerca está la sede de Radio Centro y hacia el malecón encontramos el hotel Nacional, construido en un montículo Su interior evoca la época colonial, con maderas preciosas y suelos inmaculados de mármol. Atravesando el vestíbulo se accede a la terraza, una maravilla con vistas al mar.

La calle Obispo, una de las principales vías de La Habana Vieja.

El malecón es parte de la vida de los habaneros. Sus cinco kilómetros cubren el trayecto del castillo de la Punta a La Chorrera y en él se sitúan los hoteles Meliá Cohiba, el Riviera (construido por el mafioso Lasky), el monumento a Maceo, el del víctimas del Maine y la Oficina de Intereses Comerciales de los Estados Unidos, que no tiene relaciones diplomáticas con Cuba. Nuevo ejemplo del ingenio cubano: los norteamericanos colocaron un letrero luminoso con proclamas anticastristas y los cubanos levantaron un bosque de mástiles con banderas que impide ver el letrero. Allí estuve esperando para ver actuar a la orquesta Van Van, pero cuando el agua dice en Cuba ahí va, no hay paraguas ni chubasquero de valga; me retiré a mis aposentos.  En el malecón hay varios mostrencos de hormigón construidos por los rusos, que contrastan con el edificio más bonito y mejor cuidado: la embajada española.

Músicos callejeros. Beben ron a diario, fuman habanos y llegan a los 90 años.
No tienen estrés porque el concepto trabajo es bien distinto al nuestro.

La Habana es también música, mucha música, pero no busquéis el Buenavista Club Social porque no existe. No todo es el son, hay locales para escuchar jazz –La zorra y el cuervo, en La Rampa—o ritmos africanos, en el callejón de Hammel. Pero lo suyo son los locales al aire libre con actuaciones y música mecanizada (enlatada) con barra abierta (libre), entre 5 y 10 dólares. Hay algunos en la zona de Almendares. Y no debes abandonar la ciudad sin ver los carteles de propaganda castrista, las imágenes del Che Guevara, los mercados vacíos de alimentos, las cartillas de racionamiento, los escolares uniformados (los pioneritos) y escuchar cómo se quejan los cubanos de sus condiciones de vida. Comparados con otros países del área caribeña no están tan mal como dicen, tienen un altísimo nivel de alfabetización, todos cuentan con la posibilidad de estudios superiores y una sanidad gratis, con carencias, pero gratis. Les falta lo esencial, la libertad. Porque hay dos Cubas, la suya y la turística, a la que no tiene acceso.
Me gustaría que la próxima entrada del blog se titulara Hizo calor en La Habana, porque sería señal de que me tocó la lotería y pasé las navidades en el hotel Nacional.
Una niña sale de la catedral para celebrar la Fiesta del 15,
 un cumpleaños que supone la puesta de largo.

El Capitolio, vacío de contenido, como diría un político. La Cámara legislativa ni se reúne allí ni pinta nada.

Vista de La Habana desde el castillo del Morro.