miércoles, 19 de octubre de 2016

Swahili para principiantes


Niños masais en el interior de una cabaña. La fotografía es de Silvia Barasona.


“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”. Con esta frase comienza el libro en el que la danesa Karen von Blixen Finecke narra su estancia en Kenia a principios del siglo XX. Memorias de África, publicada en 1937, fue llevada al cine en 1985 con Meryl Streep y Robert Redford como protagonistas de una historia de amor con unos paisajes que atrajeron y siguen atrayendo a miles de turistas. Tanto es así que se comercializa un circuito que recorre los lugares descritos en esta novela. Y es que, dejando a un lado el interés de la trama, la sabana es un enorme espacio que hipnotiza al visitante. Y más si es la primera vez que pisas un país así.

Los científicos consideran Kenia la cuna de la humanidad, con restos fósiles de homínidos de tres especies distintas datados hace 2,6 millones de años. El país, algo más grande que España y con una población de 45 millones de habitantes, se extiende en África oriental desde la costa del Índico hasta las altas mesetas del interior, donde se asientan dos de los parques más conocidos gracias a los documentales de naturaleza: el Masai Mara y el Amboseli. Los portugueses fueron los primeros europeos en poner los pies en 1498 en una expedición capitaneada por Vasco de Gama para abrir nuevas rutas comerciales con Asia. Se establecieron en Mombasa, al sur del país, y de su paso quedan aún en pie varias fortificaciones, en especial Fuerte Jesús, declarado Patrimonio de la Humanidad. El sultanato de Omán arrebató el poder a los portugueses y luego llegaron los alemanes (1885) y los británicos (1888). Los keniatas consiguieron su independencia en 1963.


Comercios al borde la carretera entre Nairobi y Mombasa.

Mombasa, con casi un millón de habitantes, es el principal puerto y está enclavada en una isla separada del continente por el río Tudor Creek, que desemboca en el estuario del Kalidi. Lo primero que le choca al viajero es por qué no hay un puente para salvar los escasos 200 metros de distancia entre las orillas y debe utilizarse un ferri, gratis para el peatón pero no para los vehículos.
--No hay puente porque hacerlo vale mucho dinero, insisten los guías turísticos.
Pocas son las calles asfaltadas de la ciudad, en la que se alternan edificios de ladrillos con casas de techo de chapa, y no es raro que crucen vacas, igual que en la India. Abundan los templos de todas las religiones imaginables y cada uno tiene su escuela. Hacia el sur cambia el panorama. A unos 25 kilómetros se levantan lujosos complejos hoteleros en las playas de Diani, Tiwi y Likoni, con fina arena blanca, aguas azules y palmeras; un Caribe en el Índico, aunque con un turismo muy reducido.

Las playas (la de Diani, en la foto contigua) no son públicas y están vigiladas por guardas uniformados que te siguen delante y detrás cuando abandonas las instalaciones del hotel. Por la playa pululan personajes que te venden pulseras, excursiones a los arrecifes e islas, pesca, buceo o traslados al pueblo más cercano, actividades que ya te ofrecen los hoteles, y gratis la mayoría de las veces. Pero es relativamente fácil picar en la cena con langosta. Un joven se te acerca y te comenta que por 40 euros puedes cenar una langosta para dos personas y una barracuda y que por cinco euros más te sirve un par de cervezas bien frías. ¿Dónde? En una cabaña situada cerca de la orilla, y te muestra fotos de turistas satisfechos (un book en toda la regla) dando cuenta del marisco. La realidad es otra: la cabaña tiene mesas corridas y no hay platos, servilletas o cubiertos que valgan. La langosta está hecha al espeto y la barracuda no es más que una caballa grande y reseca. Además, en la sobremesa (si es que no sales corriendo antes) te lloran con lo mal que está la vida en su país, lo caros que valen los uniformes escolares para los niños o lo enferma que está su madre.


Arriba, la sabana en el parque de Saltlick. Abajo, a la izquierda, un mono colobo remata unos cócteles en un complejo hotelero de la playa Diani,






Desde estos puntos de la costa empiezan los safaris. Esta palabra significa viaje en swahili, idioma oficial junto al inglés. De esta lengua es también la expresión hakuna matata (no te preocupes), popularizada por la canción de la película El rey león, y los vocablos bwana (señor) y simba (león) que no faltaban en las aventuras de Tarzán.
La construcción de comunicaciones por tierra está en manos de los chinos, que ganaron el concurso para construir la carretera entre Nairobi y Mombasa (450 kilómetros) y una vía férrea, que ejecutan por tramos. Eso significa que para viajar por Kenia hay que tener paciencia.
El parque natural más cercano a Mombasa es Shimba Hills, reducto de los últimos ejemplares del antílope cuernos de sable, una de las muchas especies en peligro de extinción a pesar de que la caza está prohibida en Kenia desde hace años. Abundan los jabalíes verrugosos (conocidos como pumba por el personaje de los dibujos animados) y los búfalos, uno de los cinco grandes –junto al león, leopardo, elefante y rinoceronte— que perseguían los cazadores. Los alojamientos para turistas son pocos, pero muy buenos. El albergue de Shimba Hills imita las tiendas de campaña con camas con mosquitero, pero con lujo y con cuarto de baño incorporado. En los alrededores encontramos la tribu makandale, con un poblado impoluto preparado para los turistas y con un hechicero que te limpia de los malos espíritus con barritas de sándalo. Sales de allí con la sensación de que el espectáculo es cien por cien para guiris. ¿Qué estaba diciendo el hechicero? A juzgar por las risas de los guías, lo mismo que los cantaores de los tablaos flamencos les dicen a los extranjeros que visitan España.


Cebras, antílopes cuernos
de sable (en la reserva de Shimba Hills)
 y un cocodrilo
en una charca. Abajo, un joven león
macho se dispone a dar cuenta de un búfalo.

A unos 100 kilómetros de allí (media mañana en coche) se sitúa el santuario de Ngutuni, de unos 40 kilómetros cuadrados de superficie y en la que la variedad de animales es mayor. Unos 300 elefantes viven en esa zona que limita con el parque nacional de Amboseli que se acercan al precioso Saltlick Safari Lodge con total naturalidad para utilizar los bebederos de agua mientras son observados por los turistas. Estos gigantes se reúnen en pequeños grupos –liderados por hembras— para ir a un abrevadero artificial. Su llegada al agua supone la marcha búfalos, cebras y antílopes: mientras ellos beben no permiten que ninguno otro animal se acerque. El turista tiene una plataforma privilegiada para fotografiar a la fauna a menos de 100 metros de distancia. 


El parque está recorrido por una red de caminos de arcilla roja por la que circulan los todoterrenos y las furgonetas que transportan a los visitantes. Los conductores –que se comunican entre sí por radio— temen a los búfalos, unos animales que pueden llegar a pesar 600 kilos, que a simple vista pacíficos pero que cuando se enfadan son capaces de embestir todo lo que se le ponga por delante.
La sabana es silencio; un enorme escenario en el que la vida y la muerte se alternan y en el que uno se siente atraído por un paisaje árido en el que se esparcen árboles que destacan entre hierbas y arbustos. La vista se agudiza cuando llevas un tiempo observando y la sola posibilidad de ver un animal salvaje en su hábitat –como salen en los documentales— ya es apasionante. Ese cara a cara con la naturaleza emociona por el hecho en sí de estar en ella, de poder disfrutar de lo que creíamos tan lejano y ahora tenemos delante.


En ese santuario es posible ver leones. La radio avisa al conductor de que al amanecer tres machos jóvenes han cazado un búfalo y hay que darse prisa para poderlos fotografiarlos antes de que lleguen los carroñeros y se marchen. Impresiona ver a 15 metros, eso sí, dentro del coche, a estos felinos. Mientras comen, el resto de animales está tranquilo. Jirafas, gacelas, impalas y babuinos (ojo, hay que cerrar las ventanillas de la furgoneta) o más conocidos para nosotros como las perdices, la grulla o el zorro cruzan una y otra vez los caminos.  

Un baobab. Junto a la acacia
es el árbol más característico
de la sabana.




Saltlick Game Lodge es uno de los hoteles más espectaculares de Kenia. En medio de la sabana salpicada de acacias, baobabs y pequeños arbustos se alzan una serie de pilares de siete metros de altura que sostienen unas estructuras que imitan a las cabañas. El lujo no es solo el mobiliario y los servicios que ofrecen las instalaciones, sino la situación privilegiada para observar a los animales desde tu propia habitación o desde los salones del hotel. Este establecimiento, de algo más de 4.000 metros cuadrados, cuenta con un sistema de pozos que vierte el agua a un abrevadero situado entre los pilares. Antes de que anochezca suelen ir los herbívoros a beber y es un buen momento para captarlos con la cámara.



No abundan los establecimientos hoteleros en Kenia, pero los que hay son de una magnífica calidad. Estos dos se sitúan en el parque de Saltlick. El de abajo dispone de pista de aterrizaje.



Los paquetes turísticos ofrecen safaris nocturnos. El sol cae en verano entre las seis y las siete de la tarde (estamos en el ecuador) y las expediciones salen después de la cena. Normalmente en esa partida en cada vehículo va un vigilante armado; dicen que es por si tienen que enfrentarse a los cazadores furtivos. La noche en la sabana es fría y silenciosa, aunque está llena de actividad. Los leones tienen una excelente visión nocturna y aprovechan las horas de oscuridad para cazar. Si las cebras o gacelas están nerviosas es porque los felinos están cerca, señalan los guías. Son las hembras las que acechan a las presas, pero es muy difícil seguirlas en la noche; solo las leonas que cuidan de los cachorros son relativamente fáciles de localizar.   

El parque rodea la ciudad de Voi, de 45.000 habitantes, cruzada por la carretera de Nairobi a Mombasa, asfaltada los primeros 20 kilómetros en sentido a esta última capital. A los márgenes hay una gran actividad. La construcción de esta arteria supone una importante cantidad de mano de obra que necesita comercios de alimentación y ropa, pensiones, bares y muchos, muchos puntos de venta y reparación de teléfonos móviles. Y al borde de esta carretera hay un poblado masai. Este pueblo solo supone el 2% de la población de Kenia, pero sin duda es la etnia más conocida de ese país de las 42 que hay registradas. El jefe te cobra diez euros por la visita, que incluye poder entrar en cualquiera de las cabañas –que se distribuyen alrededor del cercado para el ganado--, enseñarte a hacer fuego frotando dos palos y disfrutar de la típica danza de saltos, a la que te invitan a participar. Luego te intentan vender baratijas.

Este poblado nada tiene que ver con los que encuentras en el camino. Niños (incansables a la hora de saludar a los turistas) y mujeres caminan por los márgenes cargados de garrafas y hacen colas ante los pozos de donde se saca el agua. Apenas se ve cableado eléctrico ni mucho menos alumbrado público y de cuando en cuando se ve alguna placa solar sobre los tejados metálicos de las casas. La venta de sacos de leña y carbón vegetal está muy extendida en este país. Los chavales con más suerte van al colegio (en la foto, niñas en una escuela de Voi), pero no es raro verlos cuidando cabras o vacas. 54 niños mueren de cada 1.000 que nacen, una cifra altísima comparada con España (3,3 niños por cada mil nacimientos) y aun así el crecimiento de la población es del 2,6% anual.


Piara de facóceros, jabalí verrugoso.

La agricultura y la ganadería son los sectores que más aportan al Producto Interior Bruto (PIB), mientras que el turismo está en el furgón de cola de este país que tiene renta per cápita de 1.432 dólares (la española fue de 22.412 dólares). Los atentados del grupo islamista somalí Al Shabab, el mayor fue el perpetrado en 2014 cerca de un complejo hotelero en la costa y se saldó con 48 muertos, ha retraído al turista, que se ha decantado por la vecina Tanzania para los safaris. 

Manada de búfalos africanos. Los conductores les llaman 'bad boys' (chico malos) Son impredecibles y capaces de embestir  contra un todoterreno. El peso de un macho adulto puede rondar los 600 kilos.

El escritor Paul Bowles señaló que “mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”. Pero hay veces en que el turista remolonea a la hora del regreso porque África le contagia las ganas de disfrutar de lugares únicos, incomparables, y de experiencias fascinantes como la de recorrer la sabana, aunque sea en un todoterreno acompañado de desconocidos.
 Aquí va una pequeña galería de fotos



Elefantes en la reserva de Ngutuni, 
Abajo, dos jóvenes leones descansan después cazar un búfalo. 




































Una jirafa camina por la sabana en busca de una acacia, su comida favorita. Camas con mosquitera, imprescindibles para poder dormir con una mínima tranquilidad.





























Un masai. Abajo niños en la carretera
de acceso a un parque natural. 
























Babuinos en el vado de un sendero. Abajo,el transborador de Mombasa ( las fotos están prohibidas), unos estorninos de la variedad soberbioos, una manada de cebras y más abajo, un grupo de pintadas cruza un sendero. Por último, unas gacelas

.








No estaría completa esta entrada sin volver a Memorias de África. Este vídeo recoge el tema principal de la película, compuesto por John Barry. Kwaheri y asante (adiós y gracias) que se dice en swhalil.




domingo, 28 de julio de 2013

Bienvenidos al sur (o casi)


Su fama de caótica no es gratuita y es ahí donde reside en buena parte su atracción. Nápoles la reina del sur de Italia, es una ciudad en la que conviven, tabique con tabique, edificios en ruina apuntalados con modernas o antiguas construcciones que reflejan un pasado de capital. La Corona de Aragón, los Austrias españoles y luego los borbones gobernaron Nápoles con la mirada puesta en el Mediterráneo; antes fue romana y normanda, y mucho antes llegaron los griegos. Las populares cuentas del Gran Capitán se deben al gasto que había supuesto la derrota de la flota francesa en el asedio a la ciudad, entonces bajo dominio aragonés, en las que el noble cordobés cuantificó económicamente el arrojo de sus hombres en la batalla y se las presentó en 1506 a Fernando el Católico.

Una calle de los quarteri spagnoli.

Arriba, una vista del mar desde Possilipo. Abajo, el Castell Nuovo de Nápoles.

La Vía Toledo arranca en una maravilla arquitectónica donde un día se oyeron los compases de la mejores óperas y las voces de divas y tenores. El teatro San Carlo es el más antiguo dedicado a la ópera en activo y a su alrededor se arremolina la espectacular galería Umberto I –que recuerda a Milán y a su famosísima Scala— donde están instaladas tiendas y cafeterías. Desde su puerta principal se ve el Castell Nuovo y un poco más allá, el mar.
Los quarteri spagnoli (los barrios españoles), sin duda la zona más conocida de Nápoles, están muy cerca del teatro, siguiendo la Vía Toledo. Asomarte a una de sus calles es sumergirte en esas películas que retratan un vecindario bullicioso con ropa tendida de balcón a balcón. Tiene su encanto y en uno de sus bares hay un sitio que buscan los mitómanos y que figura en muchas guías turísticas: un altar dedicado a Maradona. El futbolista argentino llegó al Napoli en 1984 y los tifosi se rindieron a su juego, y más aún cuando el equipo ganó dos scudettos y la Copa de la UEFA. Las tiendas oficiales del club siguen vendiendo la camiseta con el dorsal 10.
La gastronomía napolitana tiene en la pizza su mejor embajadora. Lejos de la complicación de combinaciones de sabores difíciles de digerir –léase hawaiana, barbacoa o similares--, las cartas de restaurantes y trattorías son bastante simples: con tres o cuatro variedades va que chuta, y por supuesto la pizza Margarita es la reina indiscutible. Salsa de tomate, queso mozzarella de búfala y albahaca fresca son más que suficientes. Sorprende el precio, barato comparado con la calidad, lo abundante de los platos.
La zona alta de la ciudad no sigue tanto el patrón de desorden, aunque el barrio de la Sanitá no hace honor a su nombre. En otra época fue un hospital, si bien poco hace presuponer que ni antes ni ahora respondiera al concepto de higiene. Casas y palacetes se asoman al golfo de Nápoles en Posilippo o Villa Comunale y la vista es espectacular desde Capodimonte. Volviendo a la parte baja y frente al Castell Nuovo se encuentra la terminal marítima con líneas que llevan a las islas de Ischia, Capri o a destinos más lejanos, como Palermo o Cagliari.
Vista del Vesubio desde Castillmare di Stabia.

El Vesubio preside imponente el golfo y en dirección al sur se concentran una serie de pueblos con historia ligada a este volcán. Dos de ellos, Herculano y Pompeya, muestran después de casi dos mil años los devastadores efectos de sus erupciones. La avanzada ingeniería de la construcción que empleaban los romanos ha permitido que estas ciudades sigan ofreciendo una idea muy clara de la vida en ellas. Pompeya conserva sus calles, plazas, un teatro, varias villas y un lupanar, además de a varios de sus habitantes fosilizados.
Galería Umberto I, junto al teatro de San Carlo.

Más al sur todavía se llega a Castilmare di Stabia y ahí comienza la carretera a serpentear paralela al mar. El dicho italiano donna al volante, pericolo costante (mujer al volante, peligro constante), además de ser machista falta estrepitosamente a la verdad. Y es que da igual el sexo o condición de quien se coloque a los mandos de un automóvil, camión o moto, estos últimos con tendencia a adelantar por la derecha. La manera de conducir de los italianos es conocida en medio mundo y no precisamente por su apego a respetar las normas de tráfico. El exceso de velocidad, los adelantamientos en plena curva sin visibilidad y aparcar en una carretera de poco más de cuatro metros de ancho son situaciones frecuentes. Y si a esto se suma que cruzan procesiones, con su Virgen a hombros, sus beatas y su banda de música, el viaje no puede ser más completo. 
Una procesión cruza la strada sorrentina  con la consiguiente reternción del tráfico.

La Villa del Fauno, en Pompeya.
Una moto con su asiento para el niño.
En Vico Equense tienen a gala haber sido los primeros en comercializar la pizza a metro, así como suena. La bandeja es cuadrada y mide un metro de largo por un ancho de unos 25 centímetros. Los precios oscilan de 20 a 50 euros, según los ingredientes. La cocina napolitana no es solo pasta; en esta zona abundan los platos a base de pescados y hasta la fritura en cartuchos, como en Cádiz o Sevilla. La cerveza es cara, no la sirven fría y es floja; con los vinos tintos hay que llevarse cuidado con la relación calidad precio, que no convence. Lo que sí merece la pena son los aperitivos: el vermú, Campari (para quien le guste el toque amargo fuerte) y el Spritz Aperol, que sabe a naranja y se toma muy frío y con sifón. Estas bebidas las suelen acompañar de frutos secos, algún canapé o rodajas de salami.  El jamón curado (proschiuto) no tiene nada que ver --y sí mucho que envidiar-- con nuestros jamones; el de pata negra ni existe. En cambio su variedad de quesos es muy amplia y destacan los de pecorina (oveja) aunque no están tan curados. 
Esta máquina fabrica  pizzas en cinco minutos.

El recorrido por la costa Sorrentina y luego la Amalfitana es espectacular. Los pueblos colgados del monte que bajan hasta el profundo azul del Mediterráneo y salpican el paisaje. Sorrento fue y sigue siendo uno de los lugares preferidos de los italianos pudientes para veranear y de los británicos con posibilidades para vivir su jubilación. La colonia de súbditos de Isabel II es amplia y hasta disfrutan de un templo anglicano compartido con una parroquia católica. Sobre sendos acantilados se instalan tres de sus hoteles de gran lujo con magníficas vistas al mar y sus calles peatonales albergan todo tipo de comercio enfocado al turismo. Entre ellos están los que ofrecen productos locales y sobre todo, limones. El cítrico, de un amarillo impoluto, se encuentra presente en todas partes: del limón salen jabones, velas, perfumes y licores, el famoso limoncello. También la pasta abunda y las especialidades de la zona son los paccheri, gnocchi, canelloni y strascinatti.



 Esta ciudad, inmortalizada en una popular canción, cuenta con una terminal de ferris que en media hora te llevan a  Capri. La isla de los dioses, que le llamaban los romanos y donde se estableció durante años Tiberio, tiene su principal atractivo en la cova azzurra, donde el Mediterráneo intensifica su azul. El barco te deja en la Marina Grande y los microbuses te transportan a San Michele, un pueblo encaramado en lo alto de la isla que mira al Vesubio casi a su altura. Las tiendas son de marca y los precios de cualquier cosa, incluida la botella de agua, están por las nubes.  
Conca del Marini.
De vuelta a la península y saliendo de Sorrento la strada sigue su curso y abundan los balnearios. En esta costa no hay playas, no hay arena, solo guijarros, y cualquier recodo o cala se convierte, gracias al hormigón, en un balneario. Llegar hasta ellos es complicado. Los accesos suelen estar al filo de la carretera y los escalones son de vértigo. En otras ocasiones se trata de un estrecho camino de tierra y el coche se deja donde se puede, carretera incluida.  
Praiano.

La llegada a Amalfi impresiona. Se esconde tras una colina y cae en escalones hasta el mar. Una iglesia con una alta torre domina un altozano bordeado por la carretera que da al Mediterráneo. Aquí sí hay playa, con un pequeño paseo marítimo en el que se apelotonan restaurantes, cafeterías 
Atardecer en la playa de Meta, cerca de Sorrento
y heladerías. La arena es basta y los bañistas, muchos, sin llegar a ser Benidorm. Nada de top less y mucha familia en una playa bien organizada en lo que se refiere al espacio, pero con pocos o ningún servicio.  Antes hemos pasado por Positano, otra preciosidad, aunque más pequeña, y Praiano.
Amalfi.
Estamos en la provincia de Salerno. Más allá están Castiglioni, Minori, Maiori, Cetare y Vietri sul Mare, ya pegada a la capital de esta provincia. En adelante, y siempre hacia el sur, la costa es diáfana, con largas playas de arena más fina y aguas muy bravas, hasta Castellabate. El turismo es escaso y hay menos hoteles y más camping. A unos 40 kilómetros de Salerno se instalaron los griegos en el siglo VII antes de Cristo y levantaron la ciudad de Paestum en honor a Poseidón, el dios de los mares. Conserva dos templos, el de Démeter y el de Poseidón, que cambiaron que nombre cuando pasó a ser colonia romana. De su prosperidad da cuenta un museo en el que se conservan numerosas estelas funerarias, la más conocida es la del nadador, cerámica, piezas de orfebrería, armas, esculturas…
Una panorámica de Sorrento.

Esquelas a la puerta de una iglesia.
Volver al punto de partida por el mismo camino puede ser agotador. Son 90 kilómetros de curvas y tráfico que se convierten en más de dos horas y media de coche. La solución está en la autostrada que conecta Salerno y Nápoles. Son dos euros por jugarte un poco menos la vida, ya que ahora tenemos dos carriles por sentido, aunque el trazado no sea nada del otro mundo. El Vesubio nos volverá a avisar de la llegada a Nápoles. Vedere Napoli e dopo morire (Ver Nápoles y después morir) es una frase popular en esta curiosa ciudad que encanta y decepciona a partes iguales. 
Templo de Démeter en Paestum.


Para que os hagáis una idea del recorrido, este es el mapa de la zona, y en este enlace tenéis una selección de sitios para alojarse o comer. 



lunes, 16 de enero de 2012

Asia a un lado; al otro, Europa

Capital de dos imperios, el bizantino y el otomano, y uno de los asentamientos más antiguos de la humanidad, Estambul se encuentra en un lugar geopolítico estratégico. Lo de geográfico es evidente por situarse donde se dividen dos continentes –Europa y Asia—y político por su interés en integrarse en la Unión Europea, por ser el fiel aliado de Estados Unidos en esa zona, por su ocupación de Chipre y presentarse como un Estado laico con una población islámica.
El canciller Konrad Adenauer, adelantado de la unidad europea, dijo de Turquía que era “el hombre enfermo de Europa”. El imperio otomano se extendió por el este mediterráneo –Grecia incluida--, el Medio Oriente y el norte de África, controlando Egipto, desde la caída de Constantinopla (1453) hasta la Primera Guerra Mundial. Estambul no solo está llena de vestigios de esa época, sino también de la romana y la bizantina. Y es que esta impactante ciudad ha tenido varios nombres según quien la gobernara --Constantinopla, Bizancio y Estambul—una trinidad irrepetible.

La mezquita Azul, que se levanta junto a Santa Sofía, hoy convertida en museo.

Los otomanos fueron los diseñadores de las mezquitas con grandes cúpulas y minaretes de aguja, elementos mejorados de los posiblemente mejores ingenieros de la historia, los romanos. La iglesia de Santa Sofía, convertida en mezquita, es uno de los mayores ejemplos. A día de hoy es un museo y se sitúa en la zona con más monumentos de esta megápolis de 15 millones de almas. Al lado está el palacio de Topkapi, ejemplo del lujo por el lujo, con varios harenes; las cisternas de Justiniano –hay otras 60 repartidas por la ciudad y construidas por los bizantinos--; el hipódromo, con un obelisco egipcio y otro de imitación, y la mezquita Azul, que ordenó poner en pie el sultán Ahmed I.

En esta tienda se encuentra de todo para una gran boda turca-

Estamos en la zona europea de Estambul, la más antigua y más tradicional. A diez minutos caminando llegamos al Gran Bazar, con 4.000 comercios, 22 entradas y 64 laberínticas calles. Allí se encuentra de casi todo, pero la joyería, las alfombras y la piel abundan sobre el resto de productos. Está orientado al turista, pero la visita merece la pena, lo mismo que merece la pena salir por una de las puertas que da a calles repletas de comercios genuinamente turcos. Las tiendas de ropa –Turquía es una potencia en el sector textil—ofrecen prendas de calidad a buen precio siempre que ejerzamos el correspondiente regateo. Por allí circulan rusas, georgianas y azerbayanas que llegan en autobuses para comprar cantidades de ropa que se llevan en grandes bolsas. Si el bazar es una institución, también lo son los hamman, los baños turcos, muy similares a las termas romanas. El de Çemberlitas, cerca del bazar, es de los más populares y antiguos (1583). Los hay solo para hombres, por separación de sexos y mixtos, los más buscados por los occidentales, que solemos viajar en pareja. En los hoteles facilitan guías y los precios van de los 10 a los 30 euros con masaje –o palizón, según quién lo aplique-- incluido.  Son famosos los de Galatasaray, Sulemaniye y Cagaloglu.

Cartel en español en el bazar de las especias

Los buses urbanos son decentes y el tranvía es más que conveniente a la vista de los atascos de tráfico.  El puente Gálata y la torre del mismo nombre –construida por los venecianos—conectan con una zona más moderna, con el mar a ambos lados. Antes está la terminal del ferri que lleva a una decena de islas repartidas por la bahía. La excusión es barata y se echa una buena mañana conociendo sitios para el turista turco. En alguna que otra playa se ven mujeres con el bañador hasta los tobillos y el cabello cubierto junto a alguna joven –pocas-- en bikini. Frente a la terminal se sitúa otra atracción, el mercado de las especias, imprescindibles en la cocina turca, que va mucho más allá del kebab y el yogur.  Las verduras –preparan las berenjenas de 40 formas—y los pescados recuerdan que se trata de una cocina mediterránea en la que se usa el aceite de oliva.
El Gran Bazar cuenta con
4.000 comercios, 22 entradas
y 64 laberínticas calles
Barrio de lujo en la parte asiática.
De vuelta a tierra, la visita sigue por la orilla del mar, donde se suceden pequeños puertos deportivos con coquetos restaurantes en los que no hay problema para tomar una cerveza o vino, producido en el interior del país; los turcos son más liberales en ese aspecto que el resto de musulmanes. También hay un barrio judío que poblaron los sefarditas cuando fueron expulsados por Isabel y Fernando en 1492. Así se puede seguir hasta Asia, pero la zona moderna de la ciudad, la parte alta, es un espectáculo digno de ver por sus enormes plazas, como la de Taskim, y amplias avenidas.

Turismo familiar en el palacio de Topkapi. Obsérvese la vestimenta femenina.

 La calle Istiklal es peatonal y se diferencia bien poco de cualquier ciudad europea. Franquicias, bancos y cafeterías a un lado y a otro, y en mitad, una iglesia católica. En algunos pasajes encontramos restaurantes, lo mismo que en los áticos de los edificios más altos, desde los que se divisan fantásticas panorámicas del Cuerno de Oro. Se llama así esta ensenada por el reflejo del sol en la tarde y siempre hay turistas con la cámara a mano para llevarse ese recuerdo.
 
Un palacio otomano y justo detrás un rascacielos.
 Lo tradicional comparte espacio con lo moderno en Estambul.

Los palacios otomanos se alternan con urbanizaciones de lujo conforme llegamos  a la zona asiática. Un puente da la bienvenida al continente con un hito en la mitad para señalar la división. A partir de ahí se extiende Estambul otra vez hasta donde alcanza la vista.

El puente Gálata con la torre del mismo nombre al fondo de la imagen.

La apariencia de modernidad en determinadas zonas contrasta con barrios profundos y pobres, un buen caldo de cultivo para el islamismo. El fundador de la nueva Turquía, Mustafá Kemal Atatürk, diseñó un país laico, adoptó el alfabeto latino frente al árabe tradicional y modernizó costumbres, aboliendo el sultanato y el concubinato. Eso fue en 1922. A día de hoy, el Gobierno lucha por integrarse en la Unión Europea, pero debe hacer grandes esfuerzos para la convergencia.
Una turca luce un burka de marca (falsa, seguro).
  La pena de muerte y el poco respeto a los derechos humanos –que se lo digan a los kurdos—son los principales obstáculos y mientras que el presidente del Gobierno, Recep Erdogan, intentó prohibir el hihab (el pañuelo), el Tribunal Supremo echó por tierra la iniciativa. Son cientos las turcas, en una ciudad moderna como Estambul, que caminan cuatro pasos atrás del marido, o que llevan burka. Los asesinatos de honor, unos 200 al año, reciben ahora el castigo de cadena perpetua después de una reforma del Código Penal, que antes solo contemplaba una condena de dos años y medio de cárcel. Estos puntos hacen que la UE recele y que alemanes y franceses se opongan a la entrada en la comunidad hasta que no subsanen estas cuestiones. Tampoco la libertad de prensa es para tirar cohetes y las detenciones de intelectuales el año pasado añaden un plus negativo a este panorama. A la memoria viene la película El expreso de medianoche, donde el protagonista, encarcelado por tráfico de droga,  era sometido a torturas y vejaciones habitualmente. No es que haya que tratar a los delincuentes a cuerpo de rey, pero los derechos deben ser respetados. Por ahí se empieza.